Todavía funcionaba el cine Plaza en Tucumán. Todos comentaban la película como un impacto, pero diferente. Los impactos no eran tiros necesariamente, y el miedo a ser cursi no impedía tanto poner el corazón.
Ese padre sin hijo y ese hijo sin padre presentaban una historia donde el reencuentro con lo más profundo iba a ser el tema principal. Giuseppe Tornatore, un director joven que pudo captar el deleite prolongado de aquellos que, con una generación delante, disfrutaban del cine como el paraíso de los sentimientos.
Como espectadores inadvertidos nunca supimos lo que viviríamos en esa pantalla, los afanes y limitaciones, el querer sin poder, la insistencia del deseo, la importancia de tener una pasión. La música de Ennio Morricone traspasándonos las entrañas. Esa cosa extraordinaria que hacía que lo vivido por los personajes se reprodujera con asombrosa fuerza y exactitud en los espectadores.
La censura del amor y el erotismo que privaba a las películas de los besos indispensables para que los labios pudieran decir otra cosa. La ceguera de Phillipe Noiret y los ojos cósmicos de Totó, envuelto en el festín de ver y aprender, un niño solo acompañado de su asombro por el cine. Y esa escena final, luego de la muerte de Alfredo y el retorno de Salvatore para su funeral que encuentra el póstumo regalo de su amigo en los trozos de películas censurados, sí, claro, todos besos, besos de reencuentros.
Y entonces, sí, llorábamos todos. Actores, espectadores y el acomodador en un costado, todos como abrazados a un sentimiento de solidaridad, tan juntos como puede permitirlo el hecho de sentir lo mismo, cuando algo es de todos, en un reencuentro que deseamos no terminara, porque la magia del cine concluye siendo una de las más grandes fiestas que da sentido a la vida a partir de reunirnos, por un ratito, en un instante de feliz eternidad.
Osvaldo Aiziczon,
psicólogo.